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Yo sé que la mayoría nunca escuchó hablar de la masa madre. Que hacer pan casero es territorio desconocido para muchos, y si encima les quito la levadura, ese territorio es ya una jungla misteriosa. Pero sepan que soy, o era una de ustedes: puesta a elegir entre amasar y escalar el Everest, me calzaba los borcegos de alpinista.. hasta ahora. Y sepan también que hay una catarata de recetas en camino, una más increíble que la otra, y todas gracias al mismo primer paso. Que se llama masa madre.

¿Qué es la masa madre, “levain” o “sourdough”? es un fermento natural, equivalente a la levadura, que hacés en casa con -únicamente- harina y agua. Nada más. La cuidás, la alimentás, la mimás, y con un poco de viento a favor, en unos días tenés la versión natural de la levadura, que además de ser más saludable tiene un sabor único, y es el inicio del pan más rico. Por si fuera poco, podés seguir alimentando tu masa madre casi al infinito, siempre y cuando guardes un poquito cuando la usás: se conserva en la heladera en un recipiente hermético, y la usás cada vez que querés iniciar una receta de panes, pizzas, facturas o masas varias, que, te adelanto, es un viaje de ida.

Tengo que confesar que yo la tuve muy, muy servida. Antes del primer paso mío, hubo varios pasos de una adelantada, una exploradora que hoy merece una estampita en la puerta de la heladera: la colega bloggera y vecina Novivedeensalada tuvo el heroico gesto de regalarme masa madre inicialmente. Así que no tuve mayores desafíos que mantenerla viva (cada día pienso que el fermento corre peligro en mis manos, como las plantas si no las riego; y cada día me doy cuenta de que no hacen falta dedos verdes, es muy fácil). 

Es seguro que todas las recetas que voy a ir compartiendo con esta base pueden lograrse con levadura, sin dudarlo. Pero los invito a que lean el post de Novivedeensalada sobre la masa madre, y se van a dar cuenta de que no es algo tan difícil. sólo requiere un poco de paciencia y otro poco de constancia. Los resultados, insisto, valen la pena, o mejor dicho: valen la alegría. El sabor de las masas hechas con esta base es o-tra-co-sa.  Y cómo levan, cómo crecen, aún con el más inexperto amasador (hola, yo), es impresionante.

Esta primera propuesta con masa madre es casi casi, una pizza en forma de roll. Un espiral pizzero con mucho sabor y en el fondo, hiper fácil de hacer: la única voltereta es preparar el bollo la noche anterior, y despertarte con ganas de desayunar pan caliente del horno. Qué sacrificios. La receta, haciendo click aquí.

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Esta receta dio lugar a una intensa, durísima, ridícula e irreproducible polémica doméstica sobre un tema que nos concierne a todos: ¿cuál es la diferencia entre un alfajor y una galletita rellena? Todos podemos asegurar que las Oreo son galletitas, y un Cachafaz, regio alfajor. No vacilamos ni un segundo. Pero, estrictamente, ¿cuál es el criterio, la línea divisora de aguas, la frontera que regula el límite político?

Piénsenlo bien, es como para hacer pochoclo de neuronas. ¿Es el tipo de relleno? Es cierto, con dulce de leche es alfajor… pero con mermelada o mousse a veces también. El relleno ese blanquito artificial de vainilla es territorio exclusivo de la galletita rellena, eso es seguro. Pero entonces… ¿es el tamaño lo que importa? Mmmm no: hay minialfajores dignísimos. ¿Será la textura de las tapas, su sabor? Frío, frío. Los alfajores de maizena no son menos alfajores para nadie. Hay tapas de alfajor de chocolate y otras casi hojaldradas, y hay galletitas rellenas de todos los colores. 

No pudimos llegar a un acuerdo. Lo que sí logramos con todo éxito fue bajarnos unas setecientas galletitas de éstas, crocantes, sabrosísimas, y unos cuantos alfajores armados en el calor de la discusión, con dulce de leche, con mermelada de guindas, con dulce de leche otra vez…

Así que les debo un alegato alfajoril - galletitero con sentencia final. Lo que tengo para darles, en cambio, es una receta espectacular de Alfajores - Galletitas crocantes y sonantes para compartir. Con o sin relleno, fueron el gran acuerdo de la tarde. La receta, por acá.

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En casa me acusan de imperialista, y temo que a veces tengan razón. Entiéndanme: de Estados Unidos no me gustan las comidas rápidas, las “selfies”, ni la política exterior. No me gustan los hermanos Jonas ni Sarah Palin. Pero lo justo es justo: me encanta el idioma. Disfruto las series bien producidas. Y me gustan, mucho pero mucho, algunas recetas clásicas norteamericanas, como ésta.

Los que hayan probado los muffins de zanahorias (receta de Carrot Cake) o el Banana Bread (budín de bananas) sabrán que no es puro capricho. Son cosas riquísimas. Esta tarta de bananas o Banana Cream Pie es una falta de respeto escandalosa a la versión clásica, como se podrán imaginar. Se puede hacer vegana, sin gluten y hasta raw. Yo les avisé que se anoten la mousse de bananas del otro día: la crema es esa receta, así de fácil, así de saludable. Preparás la masa en un plis plás, y te la comés más rápido aún.  

No digo que sea una tarta tradicional, pero así como la ven, se merece volverse un clásico. Parece una bomba atómica; pero en el fondo es buena. Bueno, no diría “en el fondo” porque justo ahí le puse una capa de dulce de leche casero… pero ustedes me entienden.

La receta de esta tarta de bananas o Banana Cream Pie, haciendo click aquí.

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Se me fue la modestia al tacho: los-mejores-muffins-de-zanahoria. He dicho.

La Carrot Cake es una torta de zanahorias tradicional norteamericana. Seguro escucharon hablar de ella. Si además de escuchar la probaron, saben que no es famosa únicamente por ser gringa: una carrot cake bien hecha, húmeda y especiada, es un pedacito de cielo. Cuando le agregan su típica cubierta, una capa generosa de queso crema dulce batido, subís todavía un par de nubes más alto.

Esta receta está adaptada del glorioso blog Smitten Kitchen, santo de mi devoción. Como muchas otras veces, le recorto una parva de azúcar, me niego a la harina blanca, y nos olvidamos de la manteca. Las recetas de Deb son tan buenas que resisten muy bien los ajustes. Esta vez, sin embargo, me atrevo a sugerir que gana muchísimo en la transformación: las tortas de zanahorias se llevan de perlas con el sabor del azúcar mascabo y la harina integral, mucho mejor que con las refinadas a mi gusto. Ya me dirán ustedes qué opinan. Considerando que lleva una parva de zanahorias (nada menos que tres tazas!) podemos decir que es Saludable con mayúscula.

En las fotos, una versión también muy típica: en forma de muffins. Con uno de estos en la mano, así de colorinches y coquetos, te sentís al instante como Dorothy, Alicia, Pippy Longstockings. La receta en cualquier caso es la misma, y está haciendo click acá.

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Un puema, mire. Y un puema apto para sensibles de la panza, además…

Vamos a contar una intimidad de la casa. Mi media naranja (nunca mejor utilizada la metáfora) tiene una panza muuuuy sensible y una boca muuuuy golosa. Esto quiere decir que le gusta comer tanto como a mí, con una especial debilidad por los dulces que nunca deja de sorprenderme. También quiere decir que, cada dos por tres, por más liviano y saludable que se coma en casa, llega la etapa “Derrape” y no hay con qué darle: se empacha. 

Tras la etapa Derrape, entonces, se impone la etapa Rigor. Ver a un dulcero empedernido en esta fase le rompe el corazón al más duro. Bruce Willis sentiría piedad por él. Así surgen recetas como ésta: bajo la consigna algo-dulce + algo-rico + algo-totalmente-inofensivo. 

Aquí la tienen: mi mousse de manzana y naranja a prueba de panzas frágiles. Un postre con pinta y sensación de postre, que en el fondo es más bueno que Lassie. Con toda la ingenuidad de una papilla para bebés, pero bastante más onda.

La receta, en este link.

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